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Carlos H. Bracamonte tiene 64 años, y nada menos que 47 de ellos los pasó allí, en ese lugar en el que aún mira el horizonte esperando el milagro de un tren que no llegará nunca más.

Debe ser bravo, difícil, triste, atravesar una situación así… haber trabajado toda una vida en un lugar establecido y que un día cualquiera la letra fría de un telegrama le diga a alguien que ya está, que está despedido, que desde un momento predeterminado su laburo no existe más.

Es uno de los tres trabajadores ferroviarios que hasta este viernes permanecerán en la estación de trenes de Santa Rosa. Desde la semana próxima, empezado el último mes del año, no volverán a su tarea. Y a pocos pareciera importarles este final anunciado: al gobierno nacional no le interesa que el ferrocarril llegue a La Pampa, y mucho menos que quienes pasaron allí toda su vida laboral -como Carlos- queden desamparados, desprotegidos… en la calle. ¿A quién le importa?

A meses de jubilarse.
Por estos días Carlos ha ido a cumplir con los últimos días de su tarea que -vistas las circunstancias-, se ha reducido a mantener en condiciones la oficina y algunas otras dependencias del centenario edificio. En realidad más de un siglo tiene la construcción, porque el primer tren llegó -según reza una antigua placa de bronce- el 9 de septiembre de 1987.
Pues este hombre -que sólo espera el final menos querido para su vida laboral- trabajó nada menos que casi media centuria en el ferrocarril… así que cómo no comprender su tristeza, su desolación por este desenlace que lo encuentra nada más que a meses de la jubilación. “Lo que pasa es que tengo 47 años de servicio, pero recién promediando el año que viene voy a cumplir los 65”, se lamenta.
Nacido en Buenos Aires, llegó a los 10 años a Realicó, y empezó a desempeñarse como telegrafista cuando tenía nada más que 17. “Me tomaron algunos meses a prueba, sin sueldo, para que aprendiera, y luego rendí un examen y quedé en lo que era Ferrocarriles Argentinos”.

En Santa Rosa.
Más tarde, “incluso antes de hacer la colimba en Mar del Plata”, me destinaron en Santa Rosa, donde estoy hasta ahora… aquí empecé a ser auxiliar de trenes, tenía que darle instrucciones a los cambistas para las maniobras, y me desempeñé también como empleado de boletería; y desde hace un tiempo estoy a cargo de la estación. Cuando llegué a Santa Rosa vivía en una pensión de una señora Cisneros, aquí cerquita; después con mi mujer Rosa estuvimos en la casita del Ferrocarril que está en Alsina y González”.
Más tarde llegarían las hijas, María Fernanda y María Gimena, y toda la familia se pudo trasladar a la vivienda que pudieron construir en Malvinas 355.

Un mundo de gente y actividad febril.
Bracamonte no hace demasiado esfuerzo para recordar: “¡Lo que era esto! Un mundo de gente… Las maniobras del tren se extendían hasta el Molino Werner, donde se hacían tareas de carga y descarga; pero también allá (señala hacia el oeste) estaban los corrales -en la esquina de Antártida Argentina y 1° de Mayo-, donde cada lunes se subía hacienda a los vagones que iba al mercado de Liniers”.
Y tiene razón: era un mundo de gente. Hombres rudos que afrontaban el severo trabajo de cargar bolsas para armar las estibas, que crecían como si fueran pequeñas montañas que se iban levantando en la playa del ferrocarril (los bolseros semejaban hormiguitas con su carga subiendo hasta el lugar más alto de aquellas pirámides); o que llevaban adelante la tarea de descargar -para las firmas Macom, Lordi, o García Gómez Rouco- los “medios” vagones de cemento.

Las vías apenas se ven.
La radio difundiendo música folklórica suena tenue, y el mate está paralizado… porque ni ganas quedan de seguirlo mientras Carlos Bracamonte recuerda a viejos compañeros, entre ellos a los “jefes” Abelardo Viano, Relmo Marchisio, “Coco” Esquisatti; pero también al “Ruso” Castillo, y tantos otros.
Hoy no quedan en la playa ni los viejos galpones, ni los corrales del embarcadero, ni se arman las estibas que por las noches parecían castillos espectrales…
Ahora, por allí en la inmensidad del espacio algún vecino juguetea con su perro; y más allá, las oficinas de Rentas de la Municipalidad sí tienen actividad, al menos por las mañanas…
Pero aquel mundo febril de gente trabajando ya no existe más… las vías apenas se dibujan, todavía, entre el pasto que crece sin prisa y sin pausa… y en algún momento lo taparán todo.

El principio del fin.
Hubo un presidente que en los ’90 dijo “ramal que para, ramal que cierra”. Era el preanuncio de lo que vendría. “Esa vez zafamos”, recordó Carlos; pero las inundaciones del 2001 serían el acabose… “El tren dejó de llegar porque las locomotoras tenían el motor abajo y no podían pasar… hasta que hace tres años volvió… y claro que nos alegramos, porque teníamos la esperanza que todo volvería a ser como antes”, reflexiona.
Pero fue un espejismo: al tiempito nomás la rotura de dos puentes en territorio bonaerense interrumpió el servicio y las formaciones ya no volvieron… “Fue una lástima, porque era mucho más barato. La gente lo prefería|”, expresó Bracamonte.
Los tres trabajadores el lunes ya no regresarán a la estación: ni Pedro Llanos (58), el cambista; ni Gabriel Arias (coordinador), ni Carlos Bracamonte. Y también Juan Suárez, cambista de Toay, dejará de trabajar.
El tren no regresará… aquellos que dejaron buena parte de su vida en ese trabajo del ferrocarril, seguramente, vivirán algún tiempo de desconcierto, de no saber qué hacer… y tendrán que resignarse. Aceptar lo que no pueden remediar, tratando de entender que hay autoridades a las que no les interesa… ni el tren corriendo por la llanura pampeana, ni aquellos que ahora quedan en la calle… No es negocio, ¡y entonces qué importa!

Esperanza por una promesa
Fue el gobernador Carlos Verna quien hace pocos días dijo que los trabajadores del ferrocarril que iban a ser despedidos iban a tener el apoyo de su administración. “Si la empresa se olvida de ellos el gobierno pampeano los va a tener en cuenta”, expresó el primer mandatario provincial.
Los ferroviarios pampeanos están contratados, en algunos casos desde 1994, por la empresa Ferrobaires y como nunca los efectivizó no les pagará indemnización alguna. Por eso la promesa del gobernador se asemeja a una enorme tabla de salvación para ellos: “Ojalá la Provincia nos tenga en cuenta, como señaló el gobernador Verna”, se esperanzó Bracamonte.
Por un convenio el hombre tiene la obra social Sempre -su esposa está enferma y la necesita-, y anhela que aquella promesa se cumpla para paliar aunque sea en parte tamaña desventura. (M.V.)

 

Bordó Nacional