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Qué pasó cuando las trabajadoras del Sarmiento quisieron empezar a hacer las mismas tareas que los hombres.

"Las mujeres podíamos hacer limpieza, estar en los molinetes o unas pocas en la boletería", contó la delegada de la línea, Mónica Schlotthauer, sobre los pocos espacios que 11 años atrás, cuando ella entró a trabajar en el Sarmiento, podían tener las mujeres ferroviarias.

"En ese momento éramos sólo 18 mujeres en toda la línea y hoy somos más de 360", agregó la representante y diputada provincial por el Fit, sobre una estadística que da cuenta de un camino que se gestó de la mano de banderas como "Mujer bonita es la que lucha" y "Ni una menos". Pero el camino no fue -y no es- fácil.

Mónica Antognini tiene 54 años y desde el 26 de noviembre de 2013 es banderillera de la línea Sarmiento. Fue una de las primeras 10 mujeres que ese día ocuparon un puesto que hasta entonces había estado reservado sólo para los hombres.

"Mi marido fue guarda durante 16 años y en marzo de 2011 murió por un cáncer. Todo pasó en muy pocos meses y yo quedé como cabeza de familia con dos hijos", contó Antognigni, que en ese momento apoyada por los ex compañeros de su esposo, empezó a ir todos los días hasta la sede de Unión Ferroviaria en avenida Independencia, a insistir para que se abriera el cupo femenino. Dos años después era una de las primeras banderilleras del Sarmiento.

Los nuevos puestos no llegaron con la infraestructura necesaria y por eso tras la lucha por poder ocupar esos lugares, las mujeres del tren tuvieron que empezar a reclamar puertas adentro por las condiciones. Al principio compartían los vestuarios con los hombres y en el caso de las banderilleras, también las garitas con sus compañeros varones. Todavía lo hacen. Lugares reducidos donde muchas veces el baño no estaba ni siquiera separado del resto del espacio.

Hoy hay nuevas garitas, en las 51 colocadas en Capital Federal y Provincia se usan baños químicos y muchas mujeres sufrieron infecciones a partir de la falta de higiene. Los lugares siguen siendo reducidos, no disponen de cloacas, algunas tampoco de luz ni agua, sólo un dispenser que debe ser suficiente para los tres turnos de banderilleros. Los cubículos carecen de protección, se los cierra con candados y muchos de ellos, a menos de dos años de su colocación, ya están oxidados y con orificios en la estructura.

Stella Maris Mirabelli nació en Mechita, una localidad de la provincia de Buenos Aires ubicada a mitad de dos jurisdicciones. El  77% de la población vive en Bragado y el 23% restante en Alberti. Un pueblo a medias que nació en 1904 de la mano del ferrocarril.

El abuelo de Stella Maris fue guarda en ese tren que une la estación de Once con La Pampa y Rubén, su papá, heredó el oficio. Ella y sus cuatro hermanos crecieron en medio de andenes, boletos, pasajeros, encomiendas, valijas y todo lo que rodeó a la vida del Sarmiento en esos años.

Al igual que Mónica Antognini en 2013, ella también fue una de las primeras 10 banderilleras que tuvo la línea. "En ese momento las mujeres ingresaban e iban para limpieza y a los puestos más altos a los que podían llegar eran boletería o evasión, que vendrían ser los molinetes o el control de pasajes", contó Stella Maris, que no dispuesta a quedarse abajo del tren, rindió todas las pruebas que hicieron falta y se convirtió en la primera guarda del Sarmiento. Pero otra vez el mundo de los trenes no estaba preparado para recibirla.

"Entré en un lugar en el que eran todos varones y nadie sabía como tratarme, yo tampoco sabía qué hacer. En el vestuario yo tenía que golpear la puerta y avisaban 'va a pasar una mujer' o yo gritaba 'voy a entrar'", recordó Stella sus primeros días como guarda, sobre los que sumó: "Yo pude resistir, lamentablemente los primeros en algo tenemos que luchar siempre".

Hoy hay 19 guardas mujeres trabajando en el Sarmiento y todavía no tienen baños propios. Está "La lata", como le dicen al container que usan como vestuario, y que hace tres años les prometieron que sería una solución "provisoria" al problema del espacio compartido.

Mujeres a la conducción

Un hombre se acerca al laberinto, como se le dice al zigzag que está antes de las vías en cada paso a nivel, y se queda parado a mitad del circuito. Pasa una formación frente a él y no le saca la vista de encima. Cuando se aleja el último vagón, cruza los rieles y vuelve a quedarse a mitad del camino pero del lado de enfrente. Desde el interior de la garita Mónica, la banderillera, lo ve ir y venir, dar vueltas, dejar pasar varios trenes, sabiendo que ese hombre está pensando en suicidarse.

"Ningún libro te prepara para eso", comentó Antognigni, sobre una de esas partes del trabajo del banderillero que no se enseña en ningún manual. "Había un viejito que una vez se quiso suicidar porque había fallecido la mujer. Otra vez un ingeniero de 40 años que se había quedado sin trabajo, todos los días venía. Hasta me había dejado un papelito con teléfonos de a quiénes llamar", confesó.

Los banderilleros son los primeros en ver un accidente, un auto que se larga a pasar con la barrera baja y calcula mal o alguien que decide suicidarse en las vías. Sin embargo la principal excusa que ponen los dirigentes ferroviarios para no dejar acceder a las mujeres a la conducción de los trenes, puesto que les continúa vedado, es que ellas "son impresionables". El segundo argumento es que "faltan mucho".

La línea Sarmiento es hoy la que más banderilleras tiene, 19 son guardas, hay dos técnicas electricistas y por estos días se busca incentivar postulantes a mecánicas. La conducción sigue siendo una cuenta pendiente. "Logramos llegar a los exámenes por la conducción, pero ahí hay un rechazo profundo de La Fraternidad", resumió Schlotthauer.

"La igualdad laboral no es lo mismo que la paridad, hay un montón de especialidades que nosotras no podríamos hacer si no se tecnifican las tareas", explicó la delegada, que amplió: "Mecánica de trenes eléctricos está bien, pero de trenes diesel hay cosas que no se pueden hacer, eso es todo hierro". En el sector la falta de infraestructura también atenta contra las oportunidades.

En 2015 las mujeres del tren Sarmiento empezaron a luchar para poder ser maquinistas y encontraron el primer obstáculo con el que intentaron dejarlas fuera de la discusión: el convenio del sindicato -fundado en 1887 e integrado desde entonces siempre por varones- no las incluía. Ellas se defendieron citando la Constitución Nacional y el contrato de trabajo. Las discusiones terminaron con una modificación en el convenio del gremio que dirige Omar Maturano en el que hoy se aclara que "las leyes vigentes prohiben la discriminación laboral".

Por primera vez tras la modificación se les permitió a dos trabajadoras rendir el examen para maquinistas. Una de ellas logró aprobar, pero con la evaluación no alcanzó. "Nunca más la llamaron", confiaron sus compañeras. "Nos quedamos en el estribo", agregó la delegada Schlotthauer, apelando a una frase común entre los ferroviarios.

Es en parte por eso que desde hace un mes y medio las mujeres del Sarmiento empezaron a ir a los talleres de la línea, a pedirles a sus compañeros una hora para poder hablar del tema. La iniciativa nació de La Casa que Abraza, el centro de las mujeres ferroviarias que brinda contención y asistencia médica y legal a las trabajadoras que sufren o sufrieron violencia de género.

Al principio de brazos cruzados, mirando de costado, agrupados sobre las mesas, sentados en el piso, las charlas empiezan con participaciones tímidas y mucho silencio. Con el correr de los minutos se animan, la mayoría de las veces escudados en el chiste cómplice, a hablar del tema.

"Esto es parte de una lucha que ya veníamos teniendo, es parte de toda la problemática que veníamos viendo en el día a día. La violencia de género está en el tren y hemos tenido que ayudar a compañeras que tuvieron situaciones que quizás no salieron a la luz. Es por eso que se nos ocurrió llevar esto al hombre", resumió Antognini.

Schlotthauer fue la que consiguió los subsidios que permitieron contratar a la psicóloga Malena Lenta, quien coordina los encuentros, acompañada por una colega y una abogada, esposa de un trabajador de la línea. "No les vamos a cambiar el mundo, pero todo lo que podamos hacer lo vamos a hacer", dijo la referente ferroviaria, que destacó la "buena respuesta" de los hombres.

"A los encuentros van, además de la profesional, compañeras que por ahí salen a las 10 de la noche de trabajar. Y capaz después tienen que volver a San Miguel o a Marcos Paz y no tienen trenes, ni bondis, pero lo hacen para hablar con sus compañeros sobre estos temas, porque es la primera vez en cuatro años que se los pueden decir", remarcó.

"Hay de todo, algunos salen con que 'Barreda es una víctima de violencia de género que hizo justicia'", compartió. Ellas tratan siempre de no confrontar y buscan la forma de llevar los temas a lugares comunes: "Por ejemplo ellos se dicen 'sos una mina' como si fuera un insulto, entonces nosotras nos agarramos de eso y les planteamos por qué usan a la mujer como si fuera algo malo. Ahí empieza todo".

La Casa que Abraza consiguió que a los profesores se les pague hasta noviembre y por estos días las mujeres buscan que la empresa se haga cargo de que continúen los cursos. Que así como es obligatorio el de Seguridad e Higiene, también lo sea la capacitación en materia de género. Que así como las ferroviarias acompañaron siempre los reclamos de los hombres, sus compañeros empiecen a sumarse a los de ellas. Por Alejo Santander This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.

 

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