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La gente espera en andenes provisorios y va hacinada en las formaciones.

La llamaron revolución ferroviaria. Cambiaron trenes, electrificaron ramales, reemplazaron vías. Se dieron cuenta de que las formaciones no podían seguir con un sistema de frenos inventado en el siglo XIX y era necesario -urgente- automatizar. Lo hicieron después de que el tren Sarmiento se estrellara contra un andén. Sobre 51 muertos, incluida una embarazada, construyeron la "revolución". Pero a seis años de la Tragedia de Once, viajar en tren sigue siendo un problema. Un peligro. La falla se repite, no importa quién esté en el poder.

Los pasajeros del Conurbano, en especial los que viven más lejos de Capital, siguen tardando horas en trayectos que décadas atrás se resolvían en minutos. Viajando hacinados, atrapados. Y, en el último tiempo, la red ferroviaria les está recordando cuán expulsiva todavía puede ser.

El Belgrano Norte estuvo paralizado casi una semana, después de que colapsara el andén provisorio de la estación Boulogne. A raíz de ese episodio, se advirtió que había que desarmar y rehacer otros cuatro: los de Villa Adelina, Montes, Don Torcuato y Sordeaux. Desde la medianoche de hoy, la línea ofrece un servicio corto entre Retiro y Munro. Y se mantienen los colectivos gratuitos desde Del Viso, Pablo Nogués y Don Torcuato hasta la estación Aristóbulo del Valle. Ninguno a Retiro.

Mientras, el San Martín funciona con recorrido acotado por la construcción de un viaducto, y hasta mediados de 2019 no llegará a Retiro. Trenes Argentinos explica que el servicio se redujo para avanzar con esa obra. Pero también hubo un mal cálculo: se derrumbó, a fines de mayo, un encofrado del viaducto. La estructura retorcida a centímetros de las vías mostró que la obra no era compatible con el tren corriendo, como ocurría hasta entonces.

El Belgrano Norte y el San Martín transportan a cientos de miles de pasajeros, todos los días. Sus problemas también hacen eco en otras líneas. Por ejemplo, el tren Urquiza al que migran usuarios del San Martín. Entre el 23 y 30 de mayo, según registros de la concesionaria Metrovías, la cantidad de pasajeros creció un 14% en comparación con la semana previa, en la que el San Martín funcionó sin alteraciones. Y llegó a haber un pico de casi 120 mil personas en un solo día. Una sobrecarga fuera de lo común, que el tren Mitre también recibe. A esta otra línea recurren los pasajeros del Belgrano Norte.

Pero en el tren Mitre el servicio también puede ser agresivo. En los últimos días hubo demoras y cancelaciones. Peleas entre usuarios y empleados. Un cronograma de trabajo a reglamento y multitudes hartas de usar una red que por momentos estalla.

Es viernes en la estación José C. Paz del San Martín. Cientos de trabajadores se distribuyen en un andén largo, tanto como una cuadra. La mayoría espera por un tren que no llegará a destino. El servicio funciona reducido entre la estación Cabred, en Luján, y el barrio porteño de Villa del Parque. Los viajes continúan en colectivos gratuitos que el Ministerio de Transporte dispuso hasta La Paternal, Villa Crespo y Palermo. Unir José C. Paz con el microcentro lleva más de dos horas y, si hay congestión, tres. "¿Cuándo está anunciado el próximo tren?", "¿Hay demora?", "¿Cuánta?", "¿Voy al colectivo o espero?"; en el andén todo se charla. La incertidumbre se combate en forma colectiva.

Desde hace 10 años, Gloria suma una hora a su viaje en el San Martín. Necesita un margen de acción si hay demoras o cancelaciones. No tiene el privilegio de poder llegar tarde a su trabajo. Sentada en un banco de la estación, mira cómo el tren entra y los pasajeros se abalanzan. Ella prefiere esperar el próximo. Son las 7.10 y en las puertas de la formación los usuarios se convierten en una masa compacta, que a empujones se hace lugar. La pelea no es por los 67 asientos de cada vagón. Ya están ocupados. La lucha es por el metro cuadrado o menos: un espacio donde clavar los pies. El torso después entra por presión. La masa, de tanto empujarla, cede.

Gloria dice que viaja mejor, que antes había más accidentes, que desde los tiempos peores su hijo tiene desgarrado el brazo: "Iba en el estribo, uno se le colgó de la mochila durante todo el viaje y ya no se recuperó más". Si no se la interrumpe, seguirá sumando observaciones, seguirá mirando a la gente metiéndose a presión, hasta al final decir: “Hay molinetes con SUBE, los trenes tienen altoparlante, hay carteles nuevos. Pero seguimos viajando mal. A veces les pregunto a los maquinistas cómo puede ser que siempre pase algo. Ellos dicen que son las locomotoras”.

Las complicaciones en el San Martín no sólo se deben a los trabajos para levantar el viaducto. También hay problemas con la flota. De las 24 locomotoras diésel que fueron incorporadas hace cuatros años, hoy corren 15.

"Trabajamos con parches. Con trenes parados que se usan para sacar piezas para que, los pocos que andan, sigan. Faltan locomotoras, motores, repuestos, incluso herramientas, y no hay mano de obra", se queja un ferroviario con 30 años de trabajo en los talleres del Belgrano Norte. Esta línea es la más relegada. Las puertas son manuales y en los estribos la gente todavía viaja colgada. Las locomotoras acumulan 45 años y los vagones, 50. El año pasado el servicio funcionó más mal que bien: el cumplimiento de la programación fue del 49%, según la CNRT. "No nos consultan -agrega el ferroviario-. Ni siquiera con las plataformas provisorias. Hicieron un papelón y ahora ni saben decir cuándo vuelve el servicio. Todo está atado con alambre, sin garantías para la gente". FUENTE Clarín.com

 

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